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Pentecostés e interioridad

Pentecostés: entrar en el Amor.

Maurice Zundel.

Homilía de la misa de Pentecostés. 21 de mayo de 1972

Queridos amigos, ustedes recuerdan la última pregunta que hicieron los apóstoles el día de la Ascensión. Mientras Jesús los invitaba a recogerse para esperar el Espíritu Santo que iba a enviarles, la última pregunta que le hicieron fue: “¿Es entonces cuando vas a restablecer el Reino a favor de Israel?

Y aquí tenemos hoy la respuesta inesperada y maravillosa: el Reino de Dios, el Reino en que Jesús quiere introducirnos no puede construirse, no puede advenir sino dentro de nosotros. El cielo al que estamos llamados es justamente un cielo dentro de nosotros, como dice el Papa san Gregorio: “El cielo es el alma del justo”.

Y es inagotable la luz que debemos seguir, la luz que nos conduce de afuera a dentro. Todos somos esclavos del afuera. Queremos jugar papeles, llevamos máscara, deseamos tener influencia, gozar de privilegios, ser alabados y admirados y, mientras seguimos exhibiéndonos perdemos nuestra sustancia, nos volvemos cada vez más exteriores a nosotros mismos y terminamos por ser sólo apariencia de existencia.

Pero justamente la luz de Pentecostés nos hace volver a lo esencial, nos revela nuestra dignidad, nuestra vocación, nuestra grandeza, nuestra inmortalidad, nos revela nuestra igualdad, nuestra igualdad en lo alto, nuestra igualdad en el amor, nuestra igualdad en el despojamiento, nuestra igualdad en la pobreza, nuestra igualdad en el don de nosotros mismos.

Toda alma, desde la de un niño recién nacido, toda alma, todo espíritu humano es capaz de esa inmensidad, está llamado a esa grandeza y debe convertirse en Reino de Dios. Cada uno de nosotros está llamado a tener y a ser interior… interioridad. ¡Qué maravillosa es esta palabrita insignificante!

Cuando Agustín dice a Dios: “Tú estabas dentro y yo afuera”, nos hace sentir toda la grandeza de esa palabrita estar adentro, es decir, ser fuente, ser origen, ser un valor, un tesoro, ser un creador, ser uno mismo todo un universo.

Pasternak lo comprendió muy bien. Tiene una página extraordinaria, conmovedora y magnífica, donde nos muestra que han llegado los tiempos nuevos, los tiempos de grandeza. Han llegado los tiempos nuevos, como dice Tagore, de embriaguez por ser.

Hasta entonces se veían multitudes, se veían ejércitos. Hasta entonces se veía, se asistía a migraciones de pueblos, se contaba por número y multitud. ¿Y qué sucede ahora? Miren como el Ángel se dirige a María, miren el diálogo de la Anunciación: se tiene cuenta del “sí” de una jovencita, ese “sí” es indispensable para culminar la Creación, y en el secreto de su corazón es donde se decide el destino del mundo.

En adelante, ya no se trata de multitudes, ya no se trata de asambleas donde el hombre forma tumultos. Ahora lo que cuenta es el secreto de amor que se murmura en el fondo del corazón. Lo que cuenta es el interior donde cada uno es liberado del exterior, donde cada uno lleva dentro su eternidad, donde cada uno puede llegar a ser para los demás un espacio ilimitado, un fermento de liberación y de grandeza.

Nada es más maravilloso, nada nos toca más profundamente, porque nada es más liberador. Ser libre de sí es totalmente imposible si no se ha encontrado en el fondo del corazón la Presencia infinita que es la única capaz de colmarnos, que es el único camino hacia nosotros mismos, el único camino hacia los demás, el único sentido del universo.

Tenemos pues que recibir esa herencia maravillosa, descubrir esta mañana el don infinito del eterno amor.

Vamos a nacer de nuevo. Hoy comienza todo. Como los apóstoles que son radicalmente transformados cuando cesan de mirarse, cuando sólo ven el rostro de Cristo impreso en su corazón.

Como ellos van a ir hasta el martirio ahora, que parten a la conquista del mundo, también nosotros podemos nacer hoy de nuevo y entrar en la inmensa aventura que consiste en dar el mundo a la luz infinita y al eterno amor y consagrar el mundo a Cristo que dio su vida y la sigue dando hoy eternamente.

Hoy podemos entrar en ese inmenso amor justamente en la medida en que comenzamos por recogernos, por entrar en el silencio infinito donde nacen todas las vidas.

El silencio es lo que está al origen de toda grandeza, en el silencio es donde se descubre la Presencia infinita, en el silencio es donde uno nace a sí mismo, en el silencio es donde uno encuentra todas las presencias, en el silencio es donde uno llega hasta la raíz de sí mismo y hasta la raíz de los demás.

Vamos pues a sumergirnos en el silencio, pidiéndole al Señor que nos comunique la plenitud de su Espíritu y nos libere por fin del viejo yo gastado, raído, que nos dé un punto de vista nuevo que sea sólo mirada de amor hacia él.

Que nos envíe a dar, por la simple presencia, a dar al mundo la alegría de Dios, la alegría del eterno amor, la alegría del rostro de Cristo por que suspira toda la tierra.

 

Tag(s) : #FP al sabor del día

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