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FP.esp 7/2013 (2)

EL SANTÍSIMO SACRAMENTO.

Maurice Zundel.

 

El sacramento de la Presencia Real es el refugio de la contemplación, el fermento de la caridad, el mostrador de la humildad, el símbolo de la unidad de la Iglesia, la fuente de la misericordia y el sello de la paz.

Al contacto con el santísimo Sacramento, el primer sentimiento es el de recogimiento y silencio. El silencio es necesario para todos.

Si los artistas y los sabios, tan mediocres en su vida privada, no se entregaran con tanta frecuencia al silencio, no tendrían ninguna creación. El silencio deja pasar la corriente que pone en contacto con la eterna verdad y es el relámpago de la verdad el que los mueve y nos conmueve en sus obras.

Los místicos, por su parte, se lo deben todo al silencio. Comprendieron que en el recogimiento circula el Verbo de Dios y nos descubre sus secretos inefables.

El silencio no se finge y los que no lo conocen, nunca acceden a la verdad, la belleza y el amor. Todo lo grande y creador está formado de silencio.

El ruido es símbolo de barbarie, destrucción, rechazo y cierre, pues ¿cómo escuchar dentro del ruido los secretos silenciosos del primer amor? El tumulto exilia el Verbo.

El silencio es forma de apertura, de dimisión y pobreza.

Si es imposible encontrar la belleza y el amor fuera del silencio, es porque Dios es silencio, lo mismo que pobreza.

¡Qué privilegio estar cubiertos con el misterio del Verbo en la santa liturgia!

Es lo más revolucionario, lo más irresistible de nuestra fe, la más alta manifestación del amor de Dios, la presencia escondida y silenciosa de Jesús en el Santísimo Sacramento.

Meditemos el milagro de la Presencia real. Fuera de ella, todo es ausencia, ausencia y muerte. Todo se habría perdido en la Iglesia si no hubiera esta Presencia.

Jamás le habría venido a la mente de un hombre inventar algo semejante a la Presencia Real.

La Presencia real es el refugio de la contemplación y una de las cosas de que más sufrimos son las palabras que quieren expresar a Dios. Y los errores contra la fe son la conclusión lógica de razonamientos llenos de artificio como la predestinación, que quiere que Dios haya olvidado a muchos hombres condenándolos a la desgracia eterna.

Es imposible asimilar a Dios a un hombre. Si la Presencia real es la eterna espera, ¿cómo puede condenar hombres, si es solo Amor?

El místico no se atreve a decir lo que piensa por miedo de rebajar a Dios. Y cuando está obligado a hablar, teme que quien lo escuche diga: « ¿Dios no es sino eso? ¿Eso es todo? » Eso no es todo sino que pone en camino, da el impulso del comienzo.

Ante las heridas que nos impone el lenguaje, desde el catecismo hasta la predicación, hay un remedio maravilloso: el silencio de Jesús en el santísimo Sacramento. Es mejor esconderse en Dios para adherir por Jesús a todo lo ignorado de Dios.

La Presencia real es fermento de la caridad. Él no quiere el mal, puesto que es el bien y la Cruz de Jesús nos enseña que él es la primera víctima del mal. Con él tenemos que detestar el mal, luchar contra él y detenerlo, pero hay que ir más al fondo, agotar la fuente del mal, aceptando ser con Él víctima del mal.

En el altar anunciamos la muerte del Señor. Cristo se inmola y el Amor se entrega, la víctima quiere vencer el odio y recibe todos golpes.

Hoy, volviéndonos hacia el Santísimo Sacramento, fermento de caridad, queremos reparar el mal identificándonos con el Amor. Si pudiéramos identificarnos con Jesús, habría en el mundo algo funda­mentalmente transformado, pero solo Dios puede volvernos hacia él, darnos un odio del mal sin juicio alguno sobre el interior de quienes lo cometen. Agotar la fuente del mal, siendo ofrendas de amor.

La Presencia real es una morada de humildad. Aquí se oculta la humanidad de Cristo. No podía escoger un lugar más humilde. No podía darse más. Para él, es la Encarnación y el Lavatorio de los pies hasta el fin de los siglos y la expresión más conmovedora es en cierto modo la condición de cosa a que se entrega en el Santísimo Sacramento.

¿De qué sirve pretender? Si Dios está en el último puesto, la única grandeza está en darse, y ¿cómo no entender que para actuar hay que escoger el último lugar, como en el Lavatorio de los pies. Si se quiere castigar, el orgullo no hace sino exasperarse. No podemos distinguir en nosotros lo incapaz y lo estimable y no aceptamos ser juzgados y criticados por los hombres. Cristo nos reveló la grandeza suprema del amor que se pone en el último lugar y, con su solo silencio, Jesús nos cura del orgullo, de centrarnos sobre nosotros mismos, lo cual nos hace opacos a la luz divina, porque solo él respetó en nosotros todo lo que puede vivir eternamente.

Cuando Jesús se encuentra con la mujer adúltera, lo que la cura es que Jesús baje la mirada. La sigue bajando en el Santísimo Sacramento. Está sin reproches, ni juicios: es todo Amor.

La mirada baja de Cristo salva al hombre de la desesperación porque perdona siempre y hace surgir de nuevo el acto de amor. ¿Cómo faltar de compasión para con los demás, si Él baja la mirada esperando al pecador, el día y la hora que éste quiera?

El Santísimo Sacramento es el símbolo de la unidad de la Iglesia. Si Cristo nos dio cita en la Iglesia es porque quiere que nuestro corazón sea tan vasto como el suyo, para hacernos presentes a todas las almas, a todas las cosas, a toda la Iglesia que es el refugio actual de la humanidad dividida por el odio. Es necesario que la Iglesia perdure, que sea católica, en cada una de las naciones donde existen capillas del Santísimo Sacramento, como signo de reunión universal, de catolicidad, como hoy ya la unidad de la Iglesia no está amenazada por dentro por la barrera del odio en las almas. Demos gracias a Dios que nos dio el papa por encima de las naciones, si no la unidad de la Iglesia jamás habría podido existir.

No podemos permanecer impasibles ante los crímenes, no podemos dejar de pensar en la patria y en Francia. No podemos dejar de pedir a Dios que la proteja, dejar de pensar en Holanda y Bélgica invadidas, sin falta de su parte. No podemos no estar con ellas. Pero tampoco podemos olvidar que estamos encargados de la catolicidad de la Iglesia. Por fuerte que sea el amor patrio, no podemos ligar la suerte de Dios con la de la patria. Lo que debemos salvar es ante todo el reino de Cristo y la catolicidad de su amor, y sentir con dolor que todas las heridas hechas a los hombres son hechas al corazón de Dios que sufre como sufre una madre por el dolor de sus hijos.

Debemos sentir como herida personal todo golpe que se dé a Dios.

Si los hombres de guerra que llenan el mundo de odio y muerte pudieran pararse y escuchar su alma, sentirían horror y se verían como caricaturas de la humanidad, que deshonran al hombre y a Dios.

Pidamos a Dios que no aumentemos el horror de la guerra, con el horror de perder la libertad del espíritu, el sentido del porvenir del espíritu, la fe en el reino de Dios, la posibilidad del perdón. Dilatemos nuestro amor pidiéndole a Dios que lo haga tanto más grande cuanto más espantoso sea el mal.

La patria no se salva sino en la medida en que esté consagrada. ¡Que Dios tenga la última palabra y que Cristo logre la única victoria! ¡Que haya una Ciudad de Dios donde reine la tranquilidad del hombre, donde reine el Príncipe de la Paz y del Silencio! Esa basílica del silencio, cada uno puede construirla dentro de sí mismo.

La Iglesia es la línea vertical del Espíritu.

No hablemos de la guerra, pensemos en ella delante de Dios para merecer volver a la paz.

Una mujer pobre decía: « Lo más duro para nosotros los pobres es que no nos amen. Nadie nos pide el corazón, nadie lo necesita y nadie quiere nuestra amistad ».

Dios es Amor, hay que amarlo y hacerlo amar, amando.

Maurice Zundel

El Cairo, entre el 28 y el 31 de mayo de 1940.

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