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FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

LA TRINIDAD, MISTERIO DE LA POBREZA DE DIOS.

Maurice Zundel.

 

En el catecismo aprendimos que la Trinidad es un misterio, un misterio impenetrable y nos contaron la falsa anécdota de Agustín, que caminando en la playa vio un niñito que trataba de meter el mar en una conchita. ¡Eso no es verdad! ¡No es verdad! Si Jesús habló de la Trinidad, no fue para confundir la inteligencia sino para liberarla.

El misterio cristiano no es algo oscuro. Es algo deslumbrante de luz. Es una luz que no se puede expresar y no se puede agotar. Es lo contrario de un velo, de un límite, de un muro contra el cual chocamos. Es todo el espacio que se abre, y en que podemos avanzar eternamente, eternamente, eternamente… y será siempre, siempre, siempre nuevo. Jamás lo agotaremos.

Si Jesús nos introdujo en el secreto, es porque es la libertad de la inteligencia y del corazón. Porque hay que confesar que mientras estemos ante el Dios solitario del judaísmo o del Islam, estamos aplastados. ¿Cómo? ¿Cómo? ¿Dios es alguien centrado en sí mismo? Es solitario, se alaba, se mira, se admira, se ama, ¿y nos pide que lo alabemos y lo amemos? Eso nos asfixia, eso nos ahoga…

Y comprendemos que la pequeña egipcia de nueve años, habiendo oído decir que Dios era la Causa Primera, que todo viene de Él, que todo vuelve a Él, que hace algo sólo para Él, que tiene todo, que nada se le puede quitar, que es infinitamente feliz, que es indiferente a la desgracia y a la felicidad de los demás porque Su gozo es completo en Sí mismo, se decía: “Tiene suerte. ¿Y eso lo tiene así no más? No hizo nada para ser Dios, eso lo tiene desde siempre. Qué cosa tan curiosa… Pues tiene suerte. ¿Porqué Él, y nosotros no? En el fondo, eso no es justo. ¡Todo el mundo debería tener su turno!” Y en su cabecita, esperaba su turno para ser Dios.

Como decía Nietzsche, el filósofo alemán: “Si existen dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser dios?”

Justamente, porque la niñita, como sus catequistas, como Nietzsche, construían todos a Dios en lo alto, en la línea de la pirámide. Lo veían allá arriba, arriba, arriba, como una aplanadora que nos aplasta con Su Potencia y Majestad.

No sabían que Dios es el que está arrodillado para el Lavatorio de los pies. Y justamente, la Trinidad nos abre el Corazón de Dios. La Trinidad nos enseña que Dios no es solitario. Es único pero no solitario, único pero no solitario, que justamente no es Alguien que se mira y se admira, que se alaba, se inciensa y se ama, porque en Él toda la vida brota, brota, brota como una comunicación que va del Padre al Hijo, del Hijo al Padre, en la Unidad del Espíritu Santo, que en Dios está el Otro, que en Él “Yo es Otro”, que el Él la vida es “Tú eres Yo”… el Padre lo dice al Hijo, el Hijo al Padre y el Hijo y el Padre al Espíritu Santo y el Espíritu Santo al Hijo y al Padre.

En Dios no hay un Yo único, un Yo solitario, un Yo aferrado a Sí mismo, sino tres focos, tres focos de luz, tres focos de amor y de comunicación, donde toda la Vida Divina se renueva continuamente en un Don inagotable. El Padre no se mira a sí mismo: es sólo mirada hacia el Hijo, y éste es sólo una mirada hacia el Padre, y el Padre y el Hijo no se idolatran: son sólo un impulso hacia el Espíritu Santo que respira al Padre y al Hijo.

Así la Vida Divina es en estado de pobreza. Dios sólo tiene contacto consigo mismo comunicándose: el Padre al Hijo, y el Padre no es nada más que esa comunicación viva con el Hijo. No es como un padre humano que primero existe y luego deviene padre. En Dios la Paternidad es eterna; en Dios la Filiación es eterna; y a mí no me gusta que digan: “Dios tiene un Hijo”. Dios es Padre, Dios es Hijo, Dios es Espíritu Santo. No existe primero el Padre que se da un Hijo: la Trinidad es eternamente ese surgimiento de luz y de amor. La Trinidad es eternamente el despojamiento de Dios. Eternamente, Dios es todo dado en la circumincesión, en la circulación del Padre en el Hijo, del Hijo en el Padre, en el beso de fuego del Espíritu Santo que es sólo una respiración de amor hacia el Padre y el Hijo.

¡Es tan grande este descubrimiento, este descubrimiento justamente que sobreviene a San Francisco cuando comprende que él es el esposo de Dama Pobreza! La Divinidad no es una propiedad. Cuando Lutero dice esas palabras horribles: “Dios no suelta el poder, no quiere soltar las riendas del poder”, vuelve la espalda, sin saberlo, a la esencia misma del Evangelio.

Dios no es un poder aferrado a Sí mismo, un poder que se defiende, nos aleja, nos prohíbe acercarnos a Él, y que se venga con los peores castigos de toda tentativa de usurpar sus derechos divinos. Dios es justamente el que no tiene nada, el que no puede tener nada, no puede poseer nada, porque en Él la Vida es toda personificada, es toda personal y una Persona es justamente un ser que es totalmente DON…

El misterio de la Trinidad. La Trinidad, misterio de la pobreza de Dios. (Ghazir, 5.08.59)

 

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