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SANTAS Y FELICES NAVIDADES

SANTAS Y FELICES NAVIDADES

NAVIDADES 2012

Amigo mio, sube mas arriba

Maurice Zundel

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En su Calígula, Camus nos presenta al emperador romano enloquecido e incapaz de ejercer su poder sino en el crimen. Tiene que inventar las cosas más degradantes, más extraordinariamente bajas, para sentirse omnipotente. Puesto que es omnipotente, sentirá su propia grandeza violando todas las reglas establecidas.

En el Saint-Genet, Sartre afirma que el criminal, en el fondo, lo es cada uno de nosotros; que lo que nos parece abominable en los que condenamos y que los tribunales condenan es finalmente lo que abunda dentro de nosotros. Cada uno podría tomar el lugar del criminal, porque también nosotros tenemos deseos de matar, deseos de tomar el puesto de los demás, deseos de dominar, y si no tenemos el valor de ir hasta el final, nos deleitamos escuchando el relato de los crímenes cometidos por los que al menos fueron hasta el final de sus instintos.

Hay algo cierto en todo eso. Es evidente que en todos se encuentra lo que Mauriac llama El nido de víboras.

Nada es más difícil que poner en orden todos los sentimientos, todos los deseos y apetitos que surgen dentro de nosotros y que podrían efectivamente llevarnos a todas las bajezas si las circunstancias, y las costumbres que nos impusieron no determinaran cierta fachada, o mejor, no suscitaran cierta fachada que nos impide llegar a ser realmente criminales, al menos exteriormente.

¿Y qué hay en el fondo de todo eso, de toda esa agitación? Un psiquiatra dijo, creo: ¿En el fondo, qué es lo que queremos? ¿Qué es lo que nos agita? ¿Qué es lo que se agita en los instintos? ¿Qué es lo que nos lleva al crimen, o nos hace gozar del crimen cometido por los demás? ¿Qué es lo que nos da el gusto por lo sensacional constantemente explotado por el cine y por los periódicos? Es, dice Hesnard, El deseo de valer. Queremos valer, queremos que la vida tenga sentido, queremos poder estimarnos, admirarnos, es decir, queremos poder encontrarle gusto a la vida y un motivo para vivirla hasta el final.

Y, bajo cierto aspecto, eso es absolutamente necesario. Si no creemos en el valor de nuestra vida, ¿porqué seguir viviendo, porqué no decirle adiós? Cada uno de nosotros tiene entonces una especie de necesidad de creer en el valor de su vida y finalmente todas las ambiciones, todos los desvíos, todos los crímenes y todas las represiones del crimen, vienen del deseo de valor que hay en cada uno de nosotros. Sea que nos rebelemos contra las disciplinas tradicionales, sea que las impongamos a los demás, siempre es con un deseo de valer.

Y el deseo de valer se engrandeció, como ustedes saben, hasta una especie de desmedida en el grito de Nietzsche: “Si hubiera dioses, ¿cómo podría yo soportar no ser Dios?”

Hasta allá, como en el mito de Prometeo, hasta allá quiere ir el hombre; no soporta que haya dioses si él mismo no lo es. Y en el fondo, ¿no es ese el evangelio del marxismo, la reivindicación de la divinidad por el hombre? ¿No es eso lo que hace el éxito de los comunistas en el mundo, en todos los pueblos desfavorecidos desde el punto de vista técnico y que acceden hoy a la independencia? ¿No es el evangelio más atrayente? ¡Es el hombre, el hombre el que es Dios, y no hay que buscar otros!

Y ante este llamado del hombre, ante todo ese movimiento instintivo interior, ante el deseo de valer, ante el evangelio que pretende divinizar al hombre, ¿cuál es la respuesta de Jesús? Él nos trae el misterio de Navidad. Algo inesperado y maravilloso que se expresa bajo la pluma de los Padres de la Iglesia y que san Agustín condensa en una frase de infinita plenitud: “Dios se hizo Hombre para que el hombre se hiciera dios”. Dios se hizo Hombre para que el hombre se hiciera dios.

¡Qué patético es ver que finalmente todo a lo que el mundo aspira, todo lo concede Cristo! Nadie conoce al hombre como el Hijo del Hombre. Cristo tomó la humanidad hasta la raíz y viene a enseñarnos que en efecto hemos de hacernos Dios. Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciera dios.

Pero es que justamente, en Jesús la divinidad es otra cosa que lo que imaginábamos, porque en Jesús la divinidad aparece como el amor, la eterna comunicación. Ser Dios ya no significa dominar. Ser Dios ya no significa poder aplastar a los demás, ser Dios significa dar, darse sin medida, despojarse eternamente y en Cristo la creación entera aparece como misterio de Pobreza, porque Dios se da eternamente; porque no guarda nada, porque es todo amor, porque la respiración de su ser es la generosidad, la creación surge y constituye a la vez un secreto inagotable y un llamado infinito al amor.

Sí, eso es, ante ese Dios, ante el Dios que se revela en Jesucristo, la divinización del hombre aparece como posible, pero justamente en la línea del despojamiento, en la línea de comunicación, pues para ser Dios en sentido crístico es necesario no tener ninguna adherencia, no estar ligado por nada, ¡no apegarse a sí mismo en modo alguno! Es necesario que el “yo” mismo sea todo altruismo, impulso hacia el otro y generosidad. En efecto, es necesario que los santos, los que han vivido más profundamente el Evangelio, nos aparezcan como los que realizan la libertad de manera incomparable.

¿Qué pueden envidiarme?, decía san Francisco. ¿Qué pueden envidiarme? No tengo nada, nada, yo no soy nada socialmente. ¿Qué me pueden quitar, si estoy despojado de todo?

Hasta la raíz del ser justamente, el hombre que camina con Dios, el hombre divinizado por la Presencia divina, liberado de sus apegos, sólo puede devenir un inmenso espacio de luz y amor en que está contenido el mundo entero.

Y por eso, la moral de Jesús es: “Amigo mío, ¡sube más arriba!” (Lc. 14,10). ¡Sube más arriba, jamás es bastante! ¡Sube más arriba! Justamente, porque sólo puedes realizarte en Dios, sólo puedes satisfacer tus deseos yendo hasta el final, hasta el infinito, pero el infinito no es lo que tú creías. El infinito no está en exaltarte, en tornar alrededor de ti mismo, el infinito está en ser libre de ti, en ser verdaderamente fuente, origen, comienzo, espacio en que el ser pueda respirar, ser… y realizarse.

Vamos hacia el misterio adorable de Navidad, y debemos encaminarnos allá en esta luz “El Señor está cerca. Ya llega”, decimos en una antífona de hoy. No tardará, sino que va a iluminar los abismos de nuestras tinieblas. ¡Sí, eso es! Jesús ilumina nuestras tinieblas, pero nos revela que en las tinieblas existe ya un comienzo de luz, pues finalmente, hay en nosotros una aspiración inmensa a la grandeza, y eso está muy bien porque estamos llamados a la grandeza y la verdadera grandeza está en abandonarse, en superarse, en liberarse de sí mismo".

Maurice Zundel

4° domingo de adviento. Evangelio: Lc 3, 1-6. En Lausana, en 1959.

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MAURICE ZUNDEL

En Jesus la humanidad abre sus cortinas

 

"Somos pues hijos de Dios, hijos, pero no en plenitud absoluta. Siempre hay una falla. Siempre hay una distancia. Siempre hay un hiato que nuestras caídas nos recuerdan dolorosamente.

Cuando Jesús dice que es el Hijo, no sólo un hijo, como todos nosotros, no solamente hijo de Dios, sino El Hijo, el Hijo, en sentido único y absoluto, ¿qué quiere decir eso?

El Cardenal de Berulio lo expresa con lenguaje emocionante, con un lenguaje de comienzos del siglo 17, cuando el francés comenzaba a tomar su forma definitiva. El Cardenal de Berulio sin querer explicar o al menos proponer el misterio de la Encarnación, sino al contrario, como san Pablo que da en la Epístola a los Filipenses una de las más altas fórmulas de la Encarnación exhortándonos a la humildad: “Tengan los mismos sentimientos que Cristo Jesús, el cual, siendo de condición divina no se aferró a su igualdad con Dios, sino que tomó la condición de esclavo, etc.” Entonces san Pablo, en una exhortación a la humildad, expresa del modo más profundo el misterio de la Encarnación (Fp. 2,7).

Así mismo Berulio, exhortándonos a la unión con Cristo, expresa a su manera el misterio de la Encarnación diciendo: “Y debemos mirar a Jesús como nuestra perfección, porque lo es y quiere serlo”. Jesús es pues nuestra perfección: "Lo es y quiere serlo". Como el Verbo, dice, el Verbo, luego el Hijo eterno, eterno porque el Verbo no comienza con la encarnación, como ustedes saben: el Verbo es eterno. La humanidad de Jesús comienza en el seno de María, pero el Verbo no, es eterno. Entonces, Jesús es nuestra perfección. "Lo es y quiere serlo". Como el Verbo es la perfección de esta naturaleza humana que subsiste en él y aquí justamente Berulio, en un lenguaje nuevo pues eso no había sido jamás expresado así en francés "pues, como esta naturaleza", la naturaleza humana de Jesús "considerada en su origen está en manos del Espíritu Santo, el cual la saca de la nada", hace entonces existir esta naturaleza humana, la hace existir en el seno de María sacándola de la nada pues antes no existía, pues cuando la naturaleza humana de Jesús "está en manos del Espíritu Santo que la saca de la nada y la priva de su subsistencia", es decir que esa naturaleza, en vez de mantenerse en la existencia con una personalidad como la nuestra, en vez de estar encerrada en sí misma como la nuestra: nuestra naturaleza nos ha revestido de una personalidad humana, cerrada sobre sí misma, aunque por otra parte pueda superar sus límites.

Al contrario en Jesús, la naturaleza humana es privada de subsistencia, no está cerrada sobre sí misma y el Espíritu Santo "la priva de su subsistencia y la da al verbo", ¿verdad? Esta naturaleza dada al Verbo es enraizada en el Verbo, subsiste en el Verbo, es sostenida en la existencia a través del Verbo. Entonces el Espíritu Santo "la da al Verbo para que el Verbo la invista, la revista de sí mismo y la haga suya, dándose a ella y dándole su propia subsistencia divina. Así mismo nosotros, estamos en las manos del Espíritu Santo que nos saca del pecado, nos une a Jesús como Espíritu de Jesús, emanado de Jesús, por él adquirido y enviado".

Ustedes ven la comparación en que nuestra unión con Jesús bajo la acción del Espíritu Santo que nos saca del pecado es comparada con la Encarnación del Verbo en la cual “la naturaleza humana sacada de la nada y creada en el seno de María es unida en el Verbo, o mejor unida al Verbo como principio de su subsistencia”. Esto es a la vez sencillo y profundo y dicho en una lengua admirable. ¿Qué quiere decir eso finalmente? Quiere decir que lo comunicado a la humanidad de nuestro Señor es la pobreza divina en persona, es la libertad divina en persona, pues ¿qué pasa con la humanidad de nuestro Señor? Precisamente de que es totalmente liberada de sí misma para ser totalmente transparente a Dios.

Llevamos a Dios en nosotros. Está en el fondo de nuestros corazones. Si no somos Cristo no es porque Dios no esté en nosotros sino porque nosotros no estamos en Dios. Llevamos a Dios como lo lleva la humanidad de Jesús, es decir que Dios está tan realmente presente en nosotros como en la humanidad de nuestro Señor. Somos nosotros los que no estamos presentes. Ese sol interior está en el fondo de nuestros corazones. Pero nosotros, con las cortinas cerradas, no acogemos esa luz.

En Jesús, la humanidad abre sus cortinas. En Jesús, la casa humana deviene casa de vidrio. En Jesús, la naturaleza humana es totalmente diáfana. En Jesús, la humanidad es totalmente liberada de sus límites. En Jesús, la humanidad no puede poseerse. No está limitada a un "yo" que la encierra en sí. Está abierta a un "yo" inmenso, infinito, que la saca de sí y le permite expresar a Dios en persona.

Lo que se comunica a la humanidad de nuestro Señor es la libertad de Dios en persona, que vacía radicalmente de ella misma esa humanidad y hace de ella el sacramento transparente e inseparable de la Presencia divina en nuestra historia. Es la cumbre de la Encarnación, es la plenitud de la Encarnación en una historia que es el corazón de la historia pues Dios, necesariamente, se manifiesta en la historia como acontecimiento de la historia. En este caso, el acontecimiento brilla como centro de la historia y le da un sentido definitivo.

Pero hay que comprender y reconocer que es bajo la forma de liberación, de liberación absoluta y definitiva y total y en beneficio de toda la humanidad y además de todo el universo como se realiza la liberación de la humanidad creada en el seno de María. Es pues unión en la persona, unión en la personalidad y la personalidad es en Dios justamente el despojamiento absoluto, la pobreza eterna, la libertad subsistente.

Eso es la personalidad en Dios y eso es lo comunicado a la humanidad de nuestro Señor. Es tomada en una ola, en una ola que arroja eternamente al Hijo en el Seno del Padre y lo empuja en la ola como una cáscara de nuez llevada por todo el océano. Entonces ya no testimonia de sí misma sino del océano, testimonia de Dios, Lo hace presente. A través de ella, se dirige en persona a nuestra libertad la libertad divina, pues justamente la humanidad de nuestro Señor no tiene más lazo consigo misma que la relación subsistente que hace del Hijo una eterna ofrenda al Padre.

La humanidad de Jesús no se posee como la nuestra. Es totalmente dada, radicalmente ofrecida y llevada en la ofrenda eterna que arroja eternamente al Hijo en el seno del Padre.

Evidentemente, habrá que explorar todavía en esta profundidad, en esta profundidad comenzamos a entrar en el Credo cristiano, en esta afirmación del Hijo de Dios hecho hombre de la cual ven que representa algo muy distinto de lo que a primera vista parecen significar las palabras, pues se trata de una generación interior, de una generación en el centro de relaciones dentro de la vida divina, en una comunidad absoluta de naturaleza, en consubstancialidad total, pues todo lo que está en el Padre está igualmente en el Hijo, eternamente, y en el mismo grado, e igualmente en el Espíritu Santo.

La única distinción en Dios se funda en la desapropiación. Eso es lo formidable. Mientras nosotros arriesgamos a cada instante devenir propietarios de nosotros mismos y reivindicar nuestro dominio sobre los demás, en Dios la única propiedad es la desapropiación.

Es que Dios no puede poseerse. Él es la desapropiación radical y sólo tiene contacto consigo mismo comunicándose. En el fondo de esa pobreza divina se enraíza la Encarnación. Pero basta por hoy. Si nuestra mirada queda fija sobre esta zarza ardiente que es para nosotros la Trinidad divina, esa es la cumbre, es nuestro Sinaí: la Trinidad divina que está escondida en el fondo de nuestros corazones como llamado infinito a nuestra liberación".

Maurice Zundel

Carmelo de Matarieh El Cairo, Mayo de 1972: "La Divinidad de Jesucristo". 8ª parte.

 

FELICES NAVIDADES

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